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Editorial
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Por: Enrique González. Director / Editor de Grabado y Edición
Recientemente nos sorprendió una noticia aparecida en un periódico de tirada nacional. En ella se informaba sobre las nuevas directrices
de algunas Cajas de Ahorros respecto a sus dividendos reservados a obra social. El artículo en cuestión exponía cómo estas entidades
bancarias están delegando, en sus propios clientes, la decisión última sobre el tipo de proyectos a los que deben destinarse los fondos sociales. Sorprendentemente, al hacer balance, una de estas entidades ha comprobado que, de los 50,4 millones de euros consignados a obra social,
los proyectos culturales, que hasta ahora sumaban el 28%, en este momento ocupan un exiguo 5%, y que del 35% destinado a ocio y
bienestar, hemos pasado al 15% actual. El mayor montante de dinero, una vez consultados los clientes, financiará proyectos de ayuda social
ajenos a la cultura en sí.
Al hilo de esta noticia, me viene a la memoria una reflexión vertida por Luis Feito en la entrevista que publicamos en este mismo número. Según
expone este autor: “...el arte es una cuestión de cultura y educación. A nadie se le ha preparado para disfrutar el arte. A la gente se le
ha enseñado a leer, por eso hay bibliotecas. Sin embargo, también tenemos museos y nadie nos ha educado para “leer el arte”.
No estamos en contra de que los bancos dediquen dinero a ayuda social, faltaría más... Sin embargo, esto no es obstáculo para señalar que,
siguiendo por este camino, quizá ese “analfabetismo artístico” postulado por Feito, llegue a ser aun más profundo que el ya existente.
Estamos en lo de siempre, si el público no incrementa su nivel cultural, lógicamente sentirá cada vez menos su necesidad. Convertida en un
bien de usar y tirar, haciéndose eco, a través de prensa y televisión, de la última entrega de Hollywood o el último desfile de moda, la cultura
se resiente en sus propias raíces. Sin comprensión no hay deleite. Sin apoyo, no hay arte.
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Ensayo
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Territorios ilimitados. Realidad y ficción de la cartografía en la estampa contemporánea
Por: Mª Eugenia Blázquez. Artista plástica, profesora de BBAA en la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid
Resulta complejo trabajar en torno a conceptos concretos y crear con ellos espacios abstractos. Es la trascripción de la realidad en
imágenes, elaborar una iconografía donde el mundo real se presente simbólico. La imagen creada despierta así el pensamiento de otra, esto
es, se expresa metafóricamente. En este sentido se desarrollan los mapas. No son meros calcos de la realidad visible sino que, como señala
Carmen Gavira, expresan lo que ese territorio descrito significa para el cartógrafo que lo representa [...] Es el cartógrafo el que al construir su modelo
plasma su visión idealizada de la realidad para poner en relieve alguna de sus propiedades o elementos.
Como cualquier imagen gráfica, los mapas son espacios para la representación teatral y, como práctica creativa, no reproducen sino que
descubren realidades previamente invisibles e inimaginables. Es decir, imponen una manera concreta de mirar la realidad. No representan
territorios sino que muestran una selección subjetiva de los elementos que lo conforman. Se elaboran con un lenguaje cartográfico, como
son las distintas maneras de interpretar las líneas que delimitan la diferencia entre la tierra y el mar, las fronteras que muestran los límites
de las ciudades o diferentes tipos de territorios, o las manchas de colores que pueden representar diferentes densidades de población, etc.
La función del mapa es acercar y hacer accesible la realidad a las personas, a través de la reflexión del mundo físico, para llegar a donde
se quiere llegar, lo intente quien lo intente. Un entendimiento común del territorio que se habita. En este sentido, la cartografía también
representa ideas, reflexiones y emociones. El conocimiento del mundo depende de los sentidos de la percepción y de la palabra; el hombre
piensa el mundo en palabras, pero el mundo no se estructura en ellas, sino por imágenes que se comprenden por los sentidos. Por eso
los mapas se desarrollan con imágenes. El grabado, y más tarde la litografía, ha servido a lo largo de
la Historia de vehículo transmisor de
las ideas de los geógrafos, sociólogos, militares e ingenieros, por su capacidad de difundirlas y reproducirlas de manera múltiple y exacta,
hasta la aparición del offset. Pero también estas estampas cartográficas han sido consideradas durante siglos obras de arte, por su capacidad
de imbricar conceptos y estética, llegando a ser piezas codiciadas por coleccionistas de arte.
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En el taller de...
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Luis Feito. Feito o la vocación
Por: Enrique González y Gabriel Muñiz
Cuando nuestro propósito no consiste en la simple biografía, sino en hacer de la vida artística un relato intransferible, de muy poco sirve
un frío cuestionario. La entrevista se hace tertulia, y ésta, a su vez, se desprende del mundo de los hechos y las ideas, para descubrir al
hombre artista.
Luis Feito, hijo de un humilde carnicero, amamantado por la posguerra, cae en los brazos del arte por pura casualidad, o mejor dicho,
como “mal menor” frente a su predisposición religiosa, nada bien vista entre su parentela. No nos perderemos en detalles. Como tantos
otros artistas, el Feito adolescente es reconocido por un primer mentor, que en los bodegones de su discípulo ve indicios de genialidad,
descifra un designio al que no debería renunciar, y al cual, él como maestro, ya poco puede aportar.
Como tantos otros prometedores artistas, Feito ingresa en la Escuela de Bellas Artes, un auténtico hervidero de juveniles talentos. Feito
no se presta, sin embargo, a la fiesta de pasillos, al engreimiento y la vanidad de algunos de aquellos elegidos. Desde su temprana madurez,
comprende el sentido de lo que hace, el significado de la palabra aprender. Preguntado sobre su pronta inclinación hacia la abstracción
pictórica afirma: “...jamás me planteé tomar ningún rumbo artístico mientras estaba allí. Estudié concienzudamente la naturaleza,
tal como dictaban las normas docentes en aquella época. Aprender el oficio, eso era lo verdaderamente importante, dejando las
inquietudes pictóricas aparte, sólo aprender el oficio…”
Feito sabe que no llegará lejos sin digerir los principios de la pintura, una profesión, en este sentido, como la de médico o arquitecto, o como
la practicada por su padre en la carnicería familiar. El hecho de aprender a toda costa, casi de forma obsesiva, nos da indicios del futuro que
aguarda al artista. Mientras se encuentra en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando pinta denodadamente, y sólo cuando cree dominar
la técnica, comienza a hacerse preguntas: “…vinieron entonces las evoluciones propias, del estilo figurativo realista, al otro más
estilizado, y de ahí al cubismo, hasta que caes en la cuenta de que el sujeto es sólo un pretexto, dejando de interesarme como punto
de partida. Ese fue el gran paso hacia la libertad, la gran conquista del arte contemporáneo. Acostumbrado a lo anterior, sin
embargo, me fue enormemente difícil acabar con aquella coacción.”
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Personal y transferible
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Derechos de autor. El derecho de participación en beneficio del autor de una obra original
Por: Jaime Mairata Laviña. Abogado, profesor Asociado de Derecho Mercantil de la Universidad Rey Juan Carlos
El autor de una obra literaria, artística o científica, expresada por cualquier medio o soporte, por el solo hecho de su creación, ostenta la
propiedad intelectual de la misma y por tanto tiene su plena disposición, correspondiéndole una serie de derechos irrenunciables. Unos de
tipo moral, como exigir el reconocimiento de su condición de autor de la obra; y otros de tipo patrimonial, como el ejercicio exclusivo
de los derechos de explotación de su obra en cualquier forma -reproducirla, distribuirla, comunicarla públicamente y transformarla- y el llamado
derecho de participación, concebido como una figura destinada a extender los derechos de explotación del autor de una obra plástica más
allá de la primera transmisión, otorgándole el derecho a percibir del vendedor una participación en el precio de toda reventa que de la misma se
realice en pública subasta, en establecimiento mercantil, o con la intervención de un comerciante o agente mercantil.
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Historia del grabado
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Antonio Berni. El arte como instrumento social
Por: Gabriel Muñiz
Antonio Berni puede ser para muchos un desconocido, la historia del arte es caprichosa y, desgraciadamente, en España nuestro
artista es destacado únicamente por algunos expertos e historiadores, a pesar de diversas exposiciones celebradas en nuestro país
en los últimos años. Pongamos como ejemplo la que tuvo como marco el pabellón de Argentina en la Exposición Universal de Zaragoza
2008, que presentaba una retrospectiva de toda su obra titulada “Antonio Berni, un arte al servicio del hombre” o, más recientemente
"Antonio Berni, grabados y tacos" en la galería Annta de Madrid, donde se exhibían gran parte de sus grabados, acompañados de
sugestivas planchas.
Berni es uno de los artistas más representativos, queridos y reconocidos de la historia reciente argentina. Hijo de un sastre italiano y de una
costurera, Deliso Antonio Berni nace en Rosario, Argentina, el 14 de mayo de 1905. Es una artista autodidacta, aunque en sus años de
juventud acude puntualmente a un taller de vidrieras, donde aprende los primeros rudimentos del arte de la mano del artesano catalán
N. Buxadera.
Tras el fallecimiento de su padre en 1915, será enviado a Roldán con su abuela, pero continúa asistiendo a la escuela en Rosario, donde
recibirá clases de dibujo impartidas en el Centre Catalá. En estos años realiza algunas exposiciones organizadas por amigos y maestros,
pero debutará definitivamente en 1925, en el XV Salón Nacional de Bellas Artes, aportando algunos de sus obras.
Cuando el Salón Nacional es inaugurado, Berni ha regresado ya de su primer viaje a Europa. Una beca del Jockey Club de Rosario le
permite lanzarse a la gran aventura.
Su primer destino, sin embargo, no es el París cosmopolita y bohemio que la mayor parte de los llamados a artista visita, sino la provinciana
y aislada Madrid, donde se instala a finales del verano de 1925, al poco tiempo de su desembarco en Vigo.
Gracias a su espíritu inquieto, no permanecerá mucho tiempo en la capital de España, trasladándose en 1926 a París, tras sucumbir al
atractivo artístico de la ciudad de las luces. Según sus propias palabras, eligió Madrid porque “...creía que los grandes pintores eran
Sorolla, Zuloaga, Romero de Torres, que estaban en su apogeo en España y también aquí”. Las exposiciones realizadas en Buenos
Aires entre 1897 y 1913, habían puesto de moda en Argentina la pintura contemporánea española, representada especialmente por
aquellos tres artistas, así como por Anglada Camarasa. Como curiosidad habría que reseñar la exposición que, pasados unos años, en
1928, llevó a cabo Berni en la Galería Nancy de Madrid, con una serie de paisajes urbanos de la capital de España, algunos pintados
durante su estancia en la ciudad.
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Entornado
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Mixografía. El reto permanente
Por: Enrique González y Gabriel Muñiz.
Todo empezó en la década de los sesenta. En realidad antes, pues ya en 1949 Benito Remba, un inmigrante polaco huido de la gran guerra,
adquirió la imprenta situada en la plaza de Santo Domingo en la ciudad de México, a escasas cuadras del Zócalo. En aquellos años, los
aledaños del edificio estaban repletos de escritorios públicos en los que, todavía hoy, puede verse a los solícitos escribientes redactando correspondencia con sus vetustas máquinas de escribir. Llegados los años sesenta Luis Remba, hijo de Benito, comenzará a trabajar junto
a su padre imprimiendo libros e impresos para la administración mexicana, alcanzando una altísima calidad técnica y reconocimiento por su labor.
Tras casarse con Lea y terminar sus estudios de ingeniería mecánica, en una época en que el gobierno mexicano no presta valor a los
tesoros de su herencia, el joven matrimonio Remba emprende la afición de coleccionar objetos precolombinos. Visitan pueblos y frecuentan
a los agricultores, quienes al arar sus tierras tropiezan con piezas arqueológicas que aspiran vender.
En uno de aquellos viajes, atravesando la ciudad de Tescoco, entablarían amistad con un albañil que ostentaba el honor de preparar los
muros a Diego Rivera para su posterior pintura al fresco. Con la intención de venderlas, el albañil mostrará a los Remba sus piezas
arqueológicas, así como algunos cuadros de su colección particular. Enseguida llamarán la atención del matrimonio unas pinturas firmadas
por Pablo O'Higgins fechadas en 1928. O´Higgins, un artista norteamericano originario de Seattle, y gran admirador de los muralistas
mexicanos, había forjado su carrera en el México de la época. Finalmente Luis Remba adquiere las obras, y decide localizar al artista para
preguntarle cómo restaurar los daños que sufren las telas. Será tras la amistad surgida de este encuentro, cuando O´Higgins mencionará a
los Remba la posibilidad de realizar algunas litografías artísticas en las máquinas de su imprenta. Intrigado con esta idea y atraído por la
curiosidad, Luis y Lea Remba acceden al ofrecimiento de O´Higgins. Como sucede en tantas ocasiones, el azar quiso que en aquel momento
el acreditado Taller de Gráfica Popular de la ciudad de México estuviera inmerso en un periodo de declive, entre otras causas debido a que
el jefe de taller, José Sánchez, sufre un accidente que le impide continuar trabajando como estampador. José Sánchez, junto a su amigo Luis
Remba, se lanza en pos de una aventura incierta. Casi por diversión, se dedican a transformar algunas máquinas de impresión industrial en
prensas de litografía artística, con las cuales comienzan a editar la obra de O'Higgins y otros artistas procedentes del Taller de Gráfica Popular.
Tras esta metamorfosis, la imprenta pasó a llamarse “Taller de Gráfica Mexicana” hasta 1974, fecha en que el taller ya cuenta con una
importante cantidad de obra editada que seguiría incrementándose con el paso del tiempo. Este éxito les llevó a tomar la decisión de fundar
una galería para dar salida a la producción: lo que por las noches es un taller de estampación, por la mañana se convierte en una galería
de arte en toda regla.
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Proceso técnico
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Litografía sobre metal.
Por: Alfredo Piquer Garzón. Profesor Titular de Litografía en la Facultad de BB.AA. Universidad Complutense de Madrid
La impresión a partir de matrices planas fue inventada por Alois Senefelder, que además la desarrolló, en una amplia gama
de posibilidades durante el periodo posterior a 1798, fecha estricta del hallazgo de los principios de la “Impresión Química”,
como él mismo denominó a esta técnica. Senefelder no quedó satisfecho con el alcance inicial de su descubrimiento y su aplicación
en un solo tipo de matriz, sino que, a raíz del uso de la conocida piedra caliza de los estratos jurásicos y cretácicos de
Solnhöfen y Kelheim, dedujo la posibilidad de trasladar el mismo principio a matrices metálicas.
En el tratado donde pormenorizadamente explica su invento publicado en 1818, “Vollstandiges lehrbuch der steindruckerei”, se establecen
tres apartados fundamentales dedicados respectivamente a
la Papirografía , o impresión desde matrices de papel (la transferencia
de textos ya impresos fue el hallazgo que realmente precedió al desarrollo de los principios de impresión en plano), litografía, o impresión
a partir de matrices líticas, y finalmente metalografía, o impresión a partir de matrices metálicas. Más allá, el término “Litografía”
pasaría por extensión a denominar todo el procedimiento.
En principio, el uso de la litografía sobre metal se aplicó únicamente a planchas de Zinc. A partir de 1891, sin embargo, la
comercialización del aluminio impuso también su utilización en artes litográficas, aunque no adquirió popularidad hasta el posterior
desarrollo de las técnicas de Ofsset, a final de siglo. Por tanto, deberíamos concluir que las planchas metálicas usadas en litografía
podrían ser de dos tipos: Zinc y Aluminio.
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Número 17 enero-febrero 2009
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